[Columna de Aïcha Liviana] Muerte por suicidio: El caso de una mujer

[Columna de Aïcha Liviana] Muerte por suicidio: El caso de una mujer

Aïcha Liviana Messina, profesora titular, Universidad Diego Portales

Una noticia reciente del Clinic me ha producido un particular impacto: se trata de la noticia sobre la organización de estudiantes para visibilizar el modo en el que las instituciones universitarias, y algunas carreras en particular, afectan su salud mental, hasta llevar a posibles suicidios. Asimismo, hace ya varios años que en el campus Beauchef de la Universidad de Chile se ha organizado una semana antisuicidio. En la misma línea, en la facultad de arquitectura y de urbanismo de esta misma universidad, estudiantes vestidas y vestidos de negro se quedaron paradas y parados frente a la facultad llevando carteles con palabras que hacían referencia al sufrimiento psíquico.

El hecho de nombrar un sufrimiento está en la raíz de la política. Esta, en efecto, no consiste solo en una organización social que apunta al orden y a la productividad sino a la visibilización de los efectos secundarios que generan sus propias aspiraciones, de los sufrimientos, violencias y enajenaciones que implica la constitución de un cuerpo social. Ahora bien, lo que expresan estas manifestaciones políticas inauditas es que hay un sufrimiento propio al mundo estudiantil. Asimismo, mientras quisiéramos pensar que estudiar es un gesto y una oportunidad para emanciparse, que coincide con un momento de trabajo intenso pero también de libertad (de trabajo elegido libremente), lo que revelan estas manifestaciones es que el estudio podría esconder nuevas formas de enajenación y de destrucción de los individuos.

A pesar de su carácter inaudito –estudiantes implorando a las instituciones prevenir su suicidio– la noticia me generó una inquietud. Dentro de las reivindicaciones de los estudiantes, está en efecto el requerimiento hecho a las universidades de facilitarles el acceso a la salud y en particular a las consultas psiquiátricas. El motivo de mi desconcierto se relaciona a la evidencia con la cual se asume que la institución psiquiátrica tendría su lugar dentro de la institución universitaria. En otras palabras, mientras el sufrimiento estudiantil está llevando a muchos estudiantes a un límite, e incluso a la destrucción, al punto de que se hace necesario encontrar una expresión política a tal sufrimiento, lo que me inquieta son las respuestas específicas, políticas, que se buscan. De manera general, el sufrimiento generado por sobrecarga y condiciones de trabajo difícil (en y afuera de la universidad), y la impotencia en la cual están los individuos para enfrentarlo, ¿no amenaza con reducir el sufrimiento a una mera patología (a la cual solo podrían responder los médicos, y ya no transformaciones en profundidad del mundo estudiantil y laboral)?  Además, requerir de la institución universitaria que facilite el acceso a la institución psiquiátrica ¿no es abandonarse a la dimensión normalizadora de la psiquiatría (en la medida por lo menos en que se asume de manera acrítica que el sufrimiento es patológico) y renunciar a la tarea crítica de la universidad?

Quiero antes que todo prevenir un malentendido: si bien pertenezco a una generación que desconfía de la institución psiquiátrica, estoy lejos de pensar que la psiquiatría sea inútil, o, peor, que solo sirve el sistema que produce las enfermedades, o, peor aun, que haya que negar la existencia del dolor y la necesidad de hacerlo caber en una nomenclatura. Al contrario, el rechazo que cierta corriente de pensamiento ha tenido hacia la psiquiatría se basa en una idea heroica y dual del sujeto en la que todo lo que venga del cuerpo podría ser objeto de estudio y digno de ser tratado clínicamente, mientras que todo lo que sea psíquico, en cambio, debería ser puro, libre de toda nomenclatura. Como cualquier otro dolor, el dolor psíquico alcanza dimensiones en las que puede destruir la vida de un individuo y que lo pone en una situación insufrible, destruyendo hasta su posibilidad de tener lazos sociales, y entonces las condiciones de posibilidad de una vida humana, digna y libre. Por lo mismo, nombrarlo es una de las varias herramientas que tenemos para acercarnos a él, vivir con él y prevenir no solo la destrucción de los individuos sino su abandono a una vida inhumana. Nombrar el dolor y buscarle un tratamiento es reconocer que somos seres finitos que no solo no son ultra poderosos ante el dolor sino que solo lo pueden vivir en conjunto, buscando, dentro de la sociedad y con sus herramientas, formas para volverlo vivible.

Si bien entonces no considero que la institución psiquiátrica o clínica en general es un mal en sí, el objeto de mi preocupación es que la psiquiatría sea llamada a tener un lugar paliativo o incluso resolutivo del sufrimiento estudiantil dentro del sistema universitario. En efecto, primero, sabemos de casos en los que cuando la institución universitaria ha colaborado con instituciones medicas, ha sido por motivos ideológicos, para forjar un tipo de humanidad en particular. En esos momentos, la universidad dejó su tarea crítica para someterse a la ideología (es decir una única verdad que se impone). Segundo, si lo que está produciendo nuevas formas de sufrimientos psíquicos, hasta conducirnos (a nosotros, estudiantes, profesora/es, trabajadora/es de empresas distintas) al suicidio, es el aspecto desenfrenado de la competitividad, la búsqueda de una respuesta en la institución psiquiátrica podría confortar este sistema en vez de permitirnos cuestionarlo. Peor aún: me parece que lo que hoy día conduce a las universidades, sino a colaborar con la institución psiquiátrica, al menos a encontrar un apoyo en ella, es el hecho de que la universidad ya no funciona como universidad, en función de las exigencias requeridas por cada disciplina, sino como empresa, en función de las exigencias definidas por el mercado y la competitividad mundial. Ahora bien, en el momento en el que la universidad pierde su especificidad (y esto puede ser por razones meramente históricas que no son reversibles), funciona también como empresa que apunta a la mayor ganancia, como institución clínica que puede también estar al servicio de un aumento de productividad, como lugar de selección que no está relacionado con las competencias para el estudio (estas competencias, de hecho, no están relacionadas ni a la salud ni a las esencias de las personas: se puede ser sufriente y pensante) sino con la salud o incluso con la moralidad.

Si la respuesta política propuesta al problema del sufrimiento psíquico y a los riesgos de suicidios que conlleva es problemática, cabe preguntarse cómo abordar el suicidio, si es un fenómeno meramente individual o si hay que pensarlo en cuanto fenómeno social, y en qué medida es un fenómeno político. El suicidio, lo sabemos, y esto no es un fenómeno nuevo, puede ser un arma política. Ahora bien, mientras los atentados suicidas fueron considerados por mucho tiempo como fenómenos pertenecientes a otras culturas (en las que habría otras relaciones a la vida y a la muerte), hoy día es en Occidente donde se producen los atentados suicidas más espectaculares (pensemos en las matanzas realizadas por jóvenes en Estados Unidos, o en los atentados de Daesh en Francia, cuyos actores no son externos a Francia). En tal caso, el suicida no es un mártir o un combatiente formado para morir. Es más bien un individuo que afirma su superpotencia con su capacidad de morir. Además de esto, sabemos que del mismo modo en que internet da acceso a técnicas para matar, también da acceso a técnicas para matarse hasta el punto de formar parte del dispositivo escénico que acompaña muchos suicidios. Al mismo tiempo en que la tecnología hace posible el desarrollo humano y social, sirve también no solo a su destrucción sino a la disposición, la expresión, el lenguaje en el que se desenvuelve su destrucción. En esta misma línea, sabemos que el acceso de los jóvenes a la tecnología y en particular a las redes sociales ha coincidido con nuevos motivos y nuevas formas de escenarización del suicidio de alumnos de colegio, e incluso de escuelas primarias, es decir de niños y niñas. ¿Qué significa esto? ¿Qué  factores inciden en el suicidio? ¿Amenazas aparentemente externas –terrorismo, crímenes, catástrofes naturales– coinciden con amenazas internas? ¿La razón del suicidio es sistémica y en este sentido es un mal endémico? ¿Si es así, si la razón del suicidio es sistémica, cómo prevenirlo, ya que solo podemos remitir al sistema?

Frente al suicidio hay en general dos tipos de posiciones. Una concibe el suicidio como un acto heroico, en el que está en juego una decisión eminentemente solitaria y por lo mismo misteriosa. En tal caso, el suicidio es subjetivo e imprevisible. Nada o casi nada lo puede prevenir. La otra busca explicar el suicidio a través de herramientas múltiples: la sociología, la psicología y la psiquiatría, incluso la criminología. El conjunto de las herramientas de las que disponemos para buscar una explicación de lo que produce el suicidio y que seguimos buscando dan lugar a la suicidología. Por cierto, si bien esta última reconoce la singularidad de cada historia y no niega el carácter subjetivo de cada decisión, busca ofrecer explicaciones que nos permiten cuestionarnos colectivamente sobre el suicidio y el sufrimiento que lleva a tal acto. Algunos estudios muestran por ejemplo que hay una recrudescencia de suicidios de hombres divorciados o separados de su familia. Lo que un estudio de este tipo permite concluir no es que hay un género que sufre más o que es menos capaz de lidiar con su propio sufrimiento (en este caso sería el género masculino), sino que, para algunas categorías sociales, faltan las condiciones de sobrevivencia, de adaptación a situaciones de cambio. Modificar algunos dispositivos y representaciones sociopolíticas (como por ejemplo la imagen de un individuo soltero de género masculino en la sociedad) permitiría tal vez ofrecer un medio más propicio a la sobrevivencia. Después de todo, somos animales políticos. No solo necesitamos adaptarnos a los cambios, necesitamos crear de manera colectiva las condiciones de nuestra adaptación. El suicidio no es entonces un mero mal externo o interno. Tiene más bien que ver con el hecho de que la vida es indisociable de la producción de sus condiciones de posibilidad, las cuales deben ser siempre re-creadas.

Sin embargo, ¿es el suicidio solo una cuestión de vida y muerte? Y la política ¿es solo una cuestión de sobrevivencia?

No puedo evitar pensar en el caso de una mujer que se suicidó hace poco tiempo.

Esta mujer sufría desde hace muchos años de “enfermedades psíquicas” múltiples y de una forma extrema de desocialización. Ella se suicidó después de haber buscado ayuda en la institución médica, la cual no la pudo acudir (no por falta de espacio sino de respuestas a un sufrimiento que parecía persistir fuera de toda nomenclatura). Como muchas personas de su generación, ella se resistía a las categorías de los médicos al mismo tiempo que buscaba socorro en ellas. Pues el sufrimiento es a la vez lo que requiere, lo que llama al cuidado, y es también una expresión que excede la categorización. El sufrimiento es pasivo y activo a la vez. Descuidarlo, ignorarlo, pretender que se puede sufrir sin instituciones médicas es remitir a una visión romántica o tal vez solamente individualista de los sujetos. Tratarlo para anularlo, anestesiando a los individuos (como ocurrió con el uso de algunos psicotrópicos), es olvidar que es con el sufrimiento que luchamos y que, al buscar apagar todo sufrimiento, somos reducidos a una condición de seres que viven o mueren, pero no de seres en lucha y que crean las condiciones de su lucha.

Creo que, en el caso de esta mujer, su vida terminó cuando no se dieron más las condiciones para seguir luchando. No fue el exceso de dolor el que anuló su posibilidad de mantenerse en vida, fue la falta de condiciones para seguir luchando por una vida digna, o libre, o justa –dependiendo de los horizontes de vida que cada persona valora. No fue entonces la dimensión individual de dolor que la llevó a la muerte, sino su imposible inscripción política – aunque en su caso, la política habrá sido la dimensión solitaria de la lucha.

¿Qué quiero decir con esto?

Primero, que si la vida es una aspiración política lo es en la medida en la que la vida es una lucha y no una lucha en la que uno solo busca afirmarse, conservarse o potenciarse. La lucha por la vida no es autorreferente, es proyectiva. Por lo mismo, la vida es vivible cuando podemos luchar dentro de y para los horizontes que ha trazado, es decir dentro de horizontes políticos o existenciales o sociales.

Segundo, y en consecuencia, una política de prevención del suicidio no se reduce, negativamente, a una política de prevención de la muerte. Tal política responde más bien,  afirmativamente, al problema de cómo generar condiciones de posibilidad para la lucha. Como muestra Cyrulnik en su reciente y conmovedor libro De noche escribiré soles, la vida no es dada: generamos las condiciones de nuestra sobrevivencia a través de artificios como el lenguaje y la imaginación. Si bien, como lo podemos deducir del libro de este importante neurólogo, no vivimos solo de pan y de lazos afectivos biológicos, sino también de los mundos que la imaginación hace posibles, entonces la vida está siempre abierta a su dimensión de mundo, a su dimensión colectiva. Hemos entonces de decidir si en el horizonte de la lucha está la sobrevivencia, la necesidad de conservar la vida, o si el horizonte de la sobrevida es la lucha en su dimensión necesariamente abierta y en cuanto es creativa de mundos. No olvidemos que las políticas focalizadas únicamente en la conservación de la vida estaban destinadas a ser un suicidio colectivo (porque presuponía la erradicación de toda alteridad). Quizás en este sentido, buscar una respuesta solo tras la institución psiquiátrica es una peligrosa ilusión pues, por necesaria que sea (para hacer posible vivir con el dolor), la institución psiquiátrica en su colisión con la universidad anula el rol de la universidad como tal (¡institución en lucha!) y ya no sabremos si la psiquiatría ocupará un rol enfocado en las necesidades específicas de individuos que buscan lidiar con su dolor o si estará al servicio de una regulación más general en la que se anula el dolor a fin de anular la lucha y de potenciar solamente la vida –en su lado meramente productivo (pero no creador de mundos) y en su lado más autodestructor, heroico, suicida.

Estas preguntas, esta necesidad de decidir si en el horizonte de la lucha está la vida, o si el horizonte de la sobrevida es la lucha, se vuelve aún más pulsante en un contexto donde no solo el suicidio es cada vez más espectacular y espectacularizado, sino que las expectativas relacionadas con el fin del mundo (el calentamiento global y la correlativa destrucción del planeta anunciada) ponen a la sobrevida al centro del escenario y de las reivindicaciones políticas. Ahora bien, buscar soluciones múltiples, modificar nuestros comportamientos y nuestra relación con la naturaleza y  el mundo animal es necesario (vital y creativo), del mismo modo que buscar ayuda clínica es humano. Sin embargo, me parece crucial no confundir los medios con los fines y no aprovecharse de la fragilidad del mundo y de la vida para dar paso a nuevas ideologías. Debemos decidir si frente a la inminencia del fin (que siempre ha estado, desde el momento mismo en que hay vida), queremos ser salvados (religiosamente, con psiquiatras o ecologías restaurativas y esencializantes), o si esta inminencia es la brecha que abre todas las luchas en su carácter vital, personal, histórico, colectivo.